Memorias de un burro

Publicado el 17 de Mayo, 2007, 21:26

Los mestizos, los criollos, los hidalgos 

(Donde se describe, con todo el respeto que el caso amerita, la mescolanza o mazamorra racial y cultural que dio origen a la actual población americana)

Como vuestras mercedes recordarán, el primer capítulo de mis reminiscencias trató sobre los señores burros de los conquistadores. El segundo capítulo se refirió a los señores conquistadores. El tercero fue dedicado a los señores indígenas. Y el cuarto, que es éste de ahora, va a tratar de los señores colonos y sus distinguidas familias, del mestizaje y de otras cositas más o menos sabrosas.

Pero antes de comenzar debo hacer una aclaración. Lo que yo digo aquí no refleja necesariamente los puntos de vista de don Carlos Vidales. Lo único que hace don Carlos es prestarme su ordenador y últimamente lo ha hecho de muy mala gana, porque dice que yo le lleno de babas verdes la pantalla de su máquina, que le he destruido el teclado con mis cascos y que mi manía de morder el ratón mientras escribo es asquerosa y refleja mi pésima educación. Dice además que cuando me río de mis propios chistes a medida que los voy escribiendo, despierto a los vecinos con mi rebuzno estrepitoso.

Es interesante constatar que don Carlos descubrió todos esos inconvenientes en el mismo momento en que yo dije que los señores indios de las márgenes del río Magdalena se comían a sus prisioneros. No quiero ser indiscreto, pero yo he descubierto que algunos de los antepasados de don Carlos eran panches, guanes y pijaos. Así que don Carlos está enojadísimo conmigo, pero la razón verdadera no es su ordenador, sino los gustos alimenticios de sus antepasados.

Nada de esto me apartará de la verdad. Yo, que vi morir a mi tío Rebuznel a manos de Caín; que jugué a "patear el león" con los dos más grandes príncipes de Babilonia, mis primos Burrodonosor y Asnorbanipal; que hice carreras maratónicas alrededor de palacios y pirámides, a las orillas del Nilo, junto con mi compadre Burromsés II; que contribuí al progreso de la filosofía discutiendo con Asnóclito de Efeso y Burrócrates de Atenas; que fui a las Galias en las inmortales campañas de Burro César; que ayudé a construir la grandeza de Francia colaborando con Pollino el Breve y Borrico Tercero; que combatí en Roncesvalles bajo las órdenes de Asno Magno; que defendí a los pobres, luchando en las filas de mi amigo Burrobin Hood; y que, para no hacer interminable este burriculum, soy amigo de mi amigo el señor Asnar, jefe máximo de la burrocracia española, no tengo por qué hacer concesiones cuando se trata de la verdad histórica.

Queda hecha la aclaración. Y ahora vamos a entrar en materia.

Los señores historiadores suelen discutir mucho acerca del momento en que terminó la conquista y comenzó la época colonial en las tierras americanas sujetas a España. Pero, para mí, no hay discusión: en el año de 1553 el señor don Carlos Quinto dictó una cédula real ordenando que a partir de ese momento sólo podían viajar a América individuos que llevaran su familia consigo. Por "familia" se entendía, en la imaginación popular de esa época, el grupo formado por el marido, la mujer, los hijos, el perro, el burro y un par de gallinas, por lo menos (por razones de espacio no contamos aquí las pulgas y los piojos). La idea de don Carlos Quinto consistía en poner fin al escándalo que habían armado los conquistadores con esa manía de ir, robar, matar y saquear, y luego volverse a la metrópoli a vivir como aristócratas.

El proyecto tuvo mucho éxito, por varias razones. En primer lugar, había en España muchos pobres que no tenían acceso a la tierra, porque la Santa Madre Iglesia Católica, Apostólica y Romana había concentrado en sus manos enormes extensiones de tierra. Los zánganos y parásitos que se llamaban a sí mismos "Grandes de España" habían hecho lo mismo y medían su maldita "Grandeza" por la extensión de tierra que poseían y controlaban con avaricia infinita. En las ciudades, los pobres vivían como ha sido descrito por mi amigo don Francisco de Quevedo y Villegas en su "Vida del Buscón", o como está contado con tanta gracia y compasión en el "Lazarillo de Tormes". De manera que había muchísima gente para muy pocas oportunidades, y la cédula real de don Carlos Quinto abría las puertas de un nuevo mundo para muchos españoles que tenían todas las puertas cerradas en su propio país.

En segundo lugar, la vida urbana en España había sido violentamente sacudida en 1521 por la inmensa rebelión de los Comuneros de Castilla. Aunque don Carlos Quinto había logrado aplastar a los rebeldes a sangre y fuego con un ejército de valones y flamencos, se vio obligado, durante las tres décadas siguientes, a hacer infinidad de concesiones a la democracia comunal española, a los municipios y ayuntamientos. Ahora esos municipios exigían que se aliviara la presión demográfica que pesaba sobre ellos a causa de la migración interna, procedente de las áreas rurales.

Y en tercer lugar, la sociedad española tradicional había sufrido cambios muy extraños desde el triunfo de la Reconquista y la expulsión de moros y judíos. Los grandes jefes guerreros se habían jubilado, convirtiéndose en cortesanos beatos y aburridos (debo anotar al margen aquí, que el término "aburrido" no viene de "burro", y el que así lo afirme es un calumniador infame). Los pobres más desesperados y audaces, los criminales y los aventureros sin escrúpulos ya habían desaparecido, porque se habían transformado en Conquistadores. Los notables de los pueblos y villas, gente de "medio pelo" con ambiciones de grandeza, vagaban de un lado a otro, haciendo alardes de nobleza, leyendo libros de caballerías, soñando con grandezas imaginarias y aventuras fantásticas, pero sin decidirse a cruzar el mar. Esos eran los "Hidalgos", mentecatos que se creían mucho y no eran más que petulantes mequetrefes que no servían para nada, aparte de la risa que provocaban. Mi amigo don Miguel de Cervantes describió la vida de uno de ellos, pero hay que decir que esos locos eran decenas de miles y constituían una de las grandes plagas de España. Unos pocos de ellos se arriesgaron a viajar a América y llegaron en calidad de leguleyos y escribanos, dando origen a los modernos lagartos, cagatintas, charlatanes, mentecatos y papanatas de toda laya. En cuanto a los soldados de profesión, estaban ocupados por don Carlos Quinto en todas las ferocidades que se cometían contra otros pueblos de Europa, con el pretexto de defender la fe católica. La industria había sido destruida casi por completo, porque a España le bastaba con usar el oro que sacaba de América para comprarle a otros países y regiones los productos que necesitaba.

Para arreglar del todo la situación, la ley decía que si un ciudadano se dedicaba a la industria, perdía de inmediato su carta de hidalguía y sus títulos de nobleza. Así, mientras otros países consideraban el trabajo como una virtud, la noble España le quitaba los honores y distinciones al canalla que tuviera la osadía de hacer algo tan despreciable y sucio como producir artículos para satisfacer las necesidades de la gente. Esta ley estuvo vigente hasta 1783, cuando fue abolida por mi buen amigo el rey Carlos III. Y no falta el historiador español que manifieste su desprecio hacia don Carlos III endilgándole el epíteto de "rey burgués".

Como consecuencia de todo lo anterior, había muchas familias pobres dispuestas a irse para siempre de España, con tal de que se les diera la posibilidad de trabajar para vivir. Y aunque hubo una enorme presión para obtener permisos de "pasar a América", como entonces se decía, bien pronto hubo también obstáculos y trabas inventadas por los burócratas, los cortesanos, los clérigos, los inquisidores, los alguaciles, los tinterillos y toda esa ralea de pelafustanes que mi amigo Quevedo puso en el infierno, con tanta justicia. Primero se estableció que los candidatos tenían que ser "cristianos viejos", es decir, tenían que probar que entre sus abuelos y tatarabuelos no había judíos o moros. Después se señalaron otras pruebas y títulos de honradez, certificados del cura local, testimonios de vecinos conocidos y otros filtros y remilgos que nunca se tuvieron a la hora de escoger a los Conquistadores. Pronto se formó un verdadero mercado negro de licencias falsificadas, recomendaciones compradas con oro fino, favores conseguidos a punta de mover compadres y parientes y de este modo, poco a poco, comenzaron a embarcarse grupos de gente trabajadora, ruda y sencilla, con una educación mínima pero con una gran voluntad de labrar la tierra, levantar casas, fundar pueblos, criar animales, abrir caminos, establecer comercios y sudar la gota gorda. En otras palabras, los amigos, compadres, vecinos y parientes de Sancho Panza tuvieron por fin la oportunidad de mostrar lo que vale el trabajo y el sentido común, en tanto que los colegas de Don Quijote continuaron vagando por España, de pueblo en pueblo, haciendo aspavientos sobre su propia importancia y viviendo a costa del pueblo trabajador.

A pesar de las órdenes reales y de todo lo dicho, sin embargo, continuaron llegando más hombres que mujeres. A veces ocurría que el colono obtenía licencia para "pasar a América" solo, o con algún hijo o sobrino, con la condición de reunir la familia una vez establecido en el Nuevo Mundo. Era frecuente que la pobre mujer muriera joven, de mal parto, peste, miedo u otra desgracia derivada de la violencia creada por los conquistadores. También ocurría que la exigencia de que el colono emigrara con toda la familia no se cumplía, porque en algún lugar se necesitaban urgentemente labradores o carpinteros u otros artesanos para cubrir necesidades de las nuevas poblaciones. Como resultado de todo eso, treinta años después de iniciada la colonización, de cada 100 españoles solamente 10 eran mujeres. En Chile, en 1583, había 1.150 colonos españoles, de los cuales 50 eran mujeres y 1.100 eran hombres. Cito cifras porque sé que vuestras mercedes confían más en los números que en los razonamientos, pero como yo soy testigo presencial de estos acontecimientos, digo que debería bastar con mi palabra de burro.

En esas condiciones, los hombres españoles tenían pocas alternativas a la vista si querían conseguirse una mujer. Ya desde los primeros días de la conquista, los señores Adelantados vieron que a veces convenía casarse con una princesa indígena, para quedarse con toda la tribu, o para conseguir aliados confiables en sus guerras de saqueo. Desde el punto de vista de las señoritas nativas, resultaba de mucho prestigio y "status" contraer nupcias con algún Conquistador, aunque en ocasiones el Conquistador era de tan mala calaña, que la pobre india contraía náuseas en vez de nupcias. Para los señores papitos de las señoritas aborígenes, era buen negocio tener un yerno blanco, europeo y cristiano. Más tarde, si la novia pertenecía a una comunidad indígena protegida por las Leyes de Indias, es decir, con derecho a la posesión de sus tierras de resguardo, o cabildo, o "pueblo de indios", entonces para el colono blanco era excelente negocio casarse con la muchacha porque así tenía acceso a tierras cultivables que de otro modo le estaban negadas.

Los señores historiadores luteranos, enemigos de España por convicción y doctrina, tienen el hábito de contar todo esto de otra manera. Para ellos, el mestizaje es un proceso de violaciones masivas, ininterrumpidas y brutales. Pero una simple reflexión lógica desbarata esas elucubraciones. En la conquista española de América hubo tantas violaciones brutales como en cualquier otra conquista, simplemente porque toda conquista es una violación. Pero en el curso de la colonización hubo un proceso masivo de formación de familias, con todo el ceremonial de rodeos, seducciones, negociaciones, intereses, contratos de conveniencia y prestaciones sociales que corresponde a estos fenómenos. Se puede comprender que los señores luteranos no comprendan esto, porque la colonización luterana de América fue principalmente un proceso de exterminio y no un proceso de mestizaje. Allá, en general, cuando un blanco hacía uso de una india, no era para formar familia con ella, sino simplemente para satisfacer su apetito sexual y luego asesinarla.

Basta, en cambio, echar una ojeada a la historia de España para comprender de inmediato que el pueblo español está perfectamente acostumbrado a mezclarse de una manera intensa y profunda. En las facciones, en los hábitos, en los gustos, en el idioma, en las maneras de preparar las comidas, en la música, y hasta en sus cultos y ceremoniales en torno a la vida y a la muerte, los españoles son un batido de fenicios, cretenses, godos celtas, galos, romanos, cartagineses, moros, judíos, bereberes y quién sabe cuántos pueblos más que ya no existen sino en los champiñones al ajillo, la paella, el cante jondo, el toreo, las gambas, la zarzuela y el cuplé. Son bien sabidos los problemas feroces que tuvieron los señores Reyes Católicos cuando les dió por expulsar a moros y judíos, para poder separar lo inseparable y decidir cuáles españoles eran moros y cuáles eran judíos. Hace muy poco, la nación española tuvo que pedirle perdón, públicamente, a los descendientes de los judíos sefarditas, que hace cinco siglos fueron echados del suelo español, como si fueran extranjeros, con la misma desvergüenza con que ahora el gobierno sueco expulsa a niños nacidos en Suecia y los envía a países que ellos no han visto jamás en la vida.

Todo esto no significa, en absoluto, que el mestizaje fuera un proceso romántico, idílico y lleno de amor. No, como casi todo lo que hacen vuestras mercedes, fue un proceso de convergencia de intereses económicos, culturales y políticos. Fue una serie de acomodamientos recíprocos, a veces muy brutales, marcado casi siempre por un racismo abierto, que condujo a un reforzamiento del tradicional machismo ibérico. El hombre, jefe del hogar, patriarca y señor absoluto de la familia según la fórmula consagrada en el dogma católico de la época, resultaba con mayor poder y arrogancia todavía, por el hecho de su señora esposa era una "india", hija del pueblo sometido y representante de la cultura conquistada. En el hogar tradicional español, la mujer tenía la autoridad de controlar la educación de sus hijos y respondía por la transferencia de los viejos valores y tradiciones a la nueva generación. En muchos hogares mestizos americanos, la mujer perdió esas atribuciones, sencillamente porque su condición de indígena la inhabilitaba para cumplir con ellas.

En el matrimonio americano, el marido europeo centuplicó sus poder y su autoridad sobre la esposa nativa y los cachorros mestizos. Y así, corriendo el tiempo, la palabra "Padre" vino a significar "guía espiritual", "amo absoluto", "legislador", "dictador arbitrario", "jefe indiscutido", "señor de la vida y de la muerte". En la política y en la vida social el líder audaz, el caudillo valiente y atrevido, el dominador brutal, el conductor decidido, fue llamado "Padre" por las multitudes mestizas abrumadas por la obediencia y la sensación de inferioridad, y se le representaba con los atributos del Macho Supremo, Creador de Machos, Progenitor de Pueblos, Inseminador Potente, Fundador de Familias. Como quien dice, un burro.

Tres siglos después de iniciado este proceso, en la época de la independencia, los caudillos "libertadores" que entraban a una ciudad "libertada" recibían el obsequio de una o varias doncellas locales, a las que tenían el gusto de desflorar para que se cumpliera el rito sagrado de la virilidad patriótica.

Pero el patriarcalismo machista y el paternalismo político no fueron los únicos frutos de la mezcla cultural y racial. Los primeros frutos fueron, naturalmente, los niños y niñas mestizos, a los que mi querido amigo mestizo don Huamán Poma de Ayala llamó con ternura "mesticillos y mesticillas". ¡Ay qué bonitos eran! Tenían los ojitos negros y un poco rasgados, como los chinos. De ahí nació la costumbre de llamar a los críos de corta edad "los chinitos", como todavía se hace en Colombia y otras regiones. Tenían los cachetes gordos, del color de la buena tierra, las piernas bien torneadas y las barrigas templadas. Su piel era suave como la luz de la luna y su pelo renegrido, brillante, lacio y grueso. Tenían la voz profunda y melodiosa, con resonancias de Andalucía y de los hondos valles andinos, y su risa era una cascada de metales. Yo los cargué mil veces, en mi lomo, con gusto y alegría, cuando los señores párrocos y curas doctrineros recorrían las veredas recogiéndolos, por docenas, para llevarlos a los hospicios de huérfanos. Porque han de saber vuestras mercedes que muchas veces el señor cura se refocilaba con alguna beata indígena, recién convertida, y después era cuestión de llevar el resultado al orfanato, con el cuento de que "me lo encontré por ahí tirado, y lo traigo aquí para que el Rey Nuestro Señor se encargue de su cuidado".

A esto hay que agregar que los señores colonos españoles, aun cuando estaban casados, acostumbraban tener varias concubinas. Hacia 1570, en Paraguay, se podía censar un promedio de 25 concubinas por cada español. En esas condiciones no era raro que un solo colono blanco tuviera 20 hijos en dos o tres años. Bernal Díaz del Castillo, cronista de la conquista de México, cuenta de un compañero suyo que fabricó 50 hijos en tres años.

Todos esos mestizos, legítimos e ilegítimos, fueron la nueva población americana. A medida que los indígenas se diezmaban por la enfermedades, la explotación, el alcohol y la tristeza, se multiplicaban los mestizos a una velocidad impresionante.

Y pronto los señores Conquistadores, que ya estaban viejos pero seguían siendo los Machos de la Horda, y los funcionarios que el Rey había mandado para controlar y proteger los intereses de la Corona, comenzaron a clasificar a los mestizos según el grado del mestizaje. Y se crearon centenares de categorías, llamadas "castas", para determinar quiénes tenían más derechos y quiénes tenían menos derechos. En esta tarea, cochina y vergonzosa, tuvieron otra vez trabajo los malditos leguleyos que ya antes habían justificado la conquista con argumentos jurídicos.

El elemento de la esclavitud negra (y en menor medida, asiática), de la cual hablaré en otro capítulo, enredó todavía más las cosas y dio lugar a una multitud de mezclas "de todos colores", como se decía en aquella época.

Entonces se decidió que:

  • El hijo de español y de india se llamaría mestizo, y tendría menos derechos que el blanco, pero más que el indio.

  • El hijo de español y mestiza se llamaría castizo, y tendría menos derechos que el blanco, pero más que el mestizo.
  • El hijo de unión blanco-negra se llamaría mulato o pardo, y tendría menos derechos que el mestizo, pero más que el negro.
  • El hijo de unión indio-negra se llamaría zambo, y tendría menos derechos que el mulato y que el indio.
  • El hijo de chino y de india se llamaría cambujo, y tendría menos derechos que el indio, pero más que el chino.
  • El hijo de cambujo y de india se llamaría tente en el aire, y tendría menos derechos que el mestizo.
  • El hijo de tente en el aire y mulata se llamaría albarrasado, y tendría menos derechos que sus padres.
  • El hijo de blanco y mulata se llamaría tercerón, y tendría más derechos que el mulato, pero menos que el mestizo.

Y así sucesivamente, había centenares de castas con sus obligaciones y derechos bien establecidos. Al mismo tiempo los señores hidalgos, plaga maldita de parásitos y vagabundos, hinchados de vanidad y de petulancia, se clasificaron también por categorías para poder discriminarse más eficazmente los unos a los otros. Todos pretendían ser "hidalgos de sangre", aunque muchos de ellos tenían más bien agua de cloaca en las venas. Pero entre ellos había clases, del modo más ridículo: los "hidalgos de bragueta" eran muy respetados y su título se debía a que habían tenido siete hijos varones consecutivos, sin interrupción de hembra, en matrimonio legítimo. No faltaba el canalla que asesinara a sus hijas recién nacidas para ganar el título de "hidalgo de bragueta". Otros muy respetados eran los "hidalgos de ejecutoria", es decir los que habían logrado probar en juicio, ante los tribunales, que eran hidalgos de sangre. Para ese efecto había un excelente mercado negro de falsificación de árboles genealógicos. Después venían los "hidalgos de gotera", que tenían la hidalguía solamente dentro de los límites de su pueblo o localidad, y la perdían si se mudaban de domicilio (a esta clase parece que perteneció Don Quijote, según me contó mi primo El Rucio, quien era el burro de Sancho Panza). Luego estaban los "hidalgos de privilegio", vulgares aventureros que habían comprado el título, porque el Rey Nuestro Señor vendía títulos para mejorar un poco el surtido de garbanzos en la Despensa Real. En fin, estas sanguijuelas tenían infinitas variedades y su ocupación predilecta era discriminarse y despreciarse los unos a los otros, gastar la vida en pleitos interminables para probar que eran mejores que el vecino y calumniar al prójimo sin descanso para poder vivir con el gusto maligno de haber rebajado a todo el mundo.

Dejemos, por ahora, el negocio de ese tamaño. Después les contaré otras cositas no menos divertidas. Que pasen vuestras mercedes un buen día.



Pantxo de Vizcaya, el Orejón
(c) Carlos Vidales
Por cvidales, en: Capítulos

Publicado el 12 de Mayo, 2007, 22:46

Luces y sombras de los señores indígenas

(Donde se describen las características específicamente humanas de los señores indígenas, sus amadas esposas y sus encantadores hijitos, para mayor satisfacción y autocomplacencia de los señores burros)

















Ya sé lo que vuestras mercedes se han imaginado: "Este burro idiota se va a venir ahora con el cuento de que los indios eran unos angelitos inocentes. La vez pasada nos rebuznó una cantidad de horrores sobre los heroicos conquistadores y ahora nos va a rezar la letanía sobre la santa inocencia de los pobrecitos indígenas. Burro imbécil."

Me da mucho gusto dejar a vuestras mercedes con un palmo de narices. A ningún burro se le ocurriría la insensatez de sostener que hay humanos santos e inocentes. Los burros sabemos mejor que nadie cómo es el alma de la variedad de gorilas que se autodenomina "humanidad". Los burros fuimos testigos del primer asesinato de la historia humana, cuando Caín mató a su hermanito Abel. Y es del caso recordar que lo mató con la mandíbula del santo burro Rebuznel, al cual había matado previamente para usar sus huesos como arma homicida. Los burros sabemos que vuestras mercedes son toditos, sin excepción, descendientes de Caín, porque Abel murió soltero y virgen. Los burros hemos sido apaleados, maltratados, despreciados, calumniados, explotados sin misericordia y oprimidos implacablemente por los seres humanos de todas las razas y culturas, porque vuestras mercedes llevan en el alma esa característica, específicamente humana, de despreciar y calumniar al pobre trabajador. Si lo hacen con los propios hermanos de su especie, locura sería que no lo hicieran con los animalitos inocentes. Aunque, en honor a la justicia, hay que mencionar aquí la excepción de la regla, y es mi buen amigo Francisco de Asís, hombre sencillo y bueno que siempre me llamaba, como debe ser, con el título que merezco: "Señor hermano burro".

Los gorilas humanos han tenido en la historia dos clases de sociedades:

  1. Lo que vuestras mercedes ahora llaman "sociedades primitivas", y que nosotros los animales llamamos sociedades naturales. La característica fundamental de estas colectividades consiste en que tanto los individuos como el grupo producen estrictamente lo que van a consumir durante su ciclo natural. No hay acumulación ni excedentes. No hay "economía de mercado" ni tampoco "mercado de trabajo". La naturaleza tiene tiempo de reparar las heridas que le produce el grupo social, y nuevas generaciones pueden venir a continuar el ciclo de la vida.

  2. La otra clase es lo que vuestras mercedes llaman "sociedades civilizadas", y que nosotros los animales llamamos sociedades corruptas. Su característica fundamental es que tanto los individuos como el grupo social persiguen objetivos inventados por ellos mismos, a los cuales les dan la primera prioridad: riqueza, poder, fama, gloria, grandeza, honores, premios, status, jerarquía, superioridad, y otras idioteces por el estilo. Para conseguir todo eso hay que producir mucho más de lo que se puede consumir, a un ritmo mucho mayor de lo que la naturaleza puede soportar. Hay que destruir el valle, el río, el aire, el bosque. Hay que hacer la guerra y quitarle a todos los demás lo que la naturaleza les ha dado. Hay que esclavizar a los animales y a los otros semejantes. Hay que dividir la propia especie en razas superiores y razas inferiores. Hay que inventar la filosofía, para justificar lo que sea, y para esconder las respuestas sencillas y evidentes detrás de preguntas complicadas. En suma, hay que volverse humano.

Los indígenas americanos tenían exactamente los mismos problemas que el resto de la humanidad. Entre esos pueblos había sociedades naturales, en los bosques y las selvas, en las bellas islas del Caribe, gentes que vivían en la santidad inocente de quienes carecen de ambiciones desmedidas. Vivían su día, su año y su semana, en armonía con la naturaleza y sin pretender más derechos que el pez, el pájaro o la serpiente.

Pero también había sociedades corruptas, enormes, masificadas, con reyes imponentes y crueles, con guerreros sanguinarios y explotadores infames. Esas sociedades eran máquinas de triturar trabajadores, fastuosas pirámides humanas en cuyas cúspides gozaba una reducida élite de parásitos los frutos del trabajo de una inmensa masa de miserables despreciados y empequeñecidos por el hambre y la humillación. Vuestras mercedes han llamado a esas sociedades "las grandes civilizaciones americanas", y les han dedicado los mejores libros de historia, la más sincera admiración y una abierta simpatía. Por algo será.

En los primeros diez años de la conquista desapareció por completo la población indígena inocente, natural, de las Antillas. Sólo sobrevivieron las tribus feroces, los grupos más "civilizados", es decir los que sabían hacer la guerra, explotar el trabajo ajeno y comerse a los miembros de su propia especie. Por algo será.

Los señores aztecas hacían sacrificios humanos en masa. Habían ocupado el Valle Central de México, uno de los paraísos más bellos del planeta, con agua, frutos y animales en cantidad suficiente para dar de comer a media humanidad. Allí, por las favorables condiciones de supervivencia, se había multiplicado la vida en todas sus formas. Los señores aztecas organizaron su capital en el centro del lago Texcoco, para quedar fuera del alcance de sus víctimas y enemigos, y se dedicaron a la "Guerra Florida", que consistía en expediciones militares para capturar millares de prisioneros que serían sacrificados a los dioses horrendos del Imperio. Los sacerdotes cubrían su cuerpo con el pellejo de las víctimas. La medicina alcanzó cumbres gloriosas de virtuosismo en el campo de la disección anatómica. Al pobre infeliz que le tocaba morir para mayor honra de los aztecas, le arrancaban el corazón y se lo sacaban a través de una incisión que apenas daba cabida a los dedos del cirujano. Muy admirable.

Vuestras mercedes no deben horrorizarse demasiado con estas cosas. Los sacrificios humanos son hoy más frecuentes que en la época de los aztecas y los rituales son más horribles: bombardeos, decapitaciones masivas, minas que les arrancan las piernas a los niños, etcétera. Por lo menos a los aztecas se les puede comprender un poquito, porque ellos estaban convencidos de que el universo estaba llegando a su fin y se necesitaba aplacar a los dioses para garantizar el advenimiento de un nuevo universo, más justo y más humano. En cambio ahora, lo que vuestras mercedes hacen en Ruanda, en Bosnia, en Chechenia, en Afganistán, en Irak y en Colombia, es con el propósito explícito y confeso de aniquilar al "otro", es decir, de quitarle al prójimo toda posibilidad de gozar cualquier universo: el viejo y el que pueda venir después de tantas infamias. ¿No les da un poquito de vergüenza?

Antes que los aztecas, los mayas habían hecho primores parecidos de civilización. Sus culturas (que fueron varias) desaparecieron porque se destrozaron las unas a las otras en la más imbécil de todas las invenciones humanas: la guerra.

En las costas del Perú, la naturaleza había creado otro paraíso. La corriente de Humboldt produce ahí un sistema ecológico que permite la más fabulosa proliferación de la vida marina, prácticamente al alcance de la mano. Durante milenios ha habido allí abundante pesca, pájaros en cantidades paradisíacas, y un clima que permite vivir prácticamente desnudo, porque los fríos no son rigurosos y no llueve casi nunca. Esto generó las condiciones para que una gran cantidad de culturas humanas se asentaran allí, y a punta de incesantes masacres, guerras, cacería de esclavos, sacrificios y otros horrores, destrozaran en unos cuantos siglos su propio basamento ecológico. Cuando los incas llegaron, en son de conquista, a fines del siglo 14, la mayoría de esas culturas languidecía en la decadencia, el hambre y las enfermedades.

Los incas trataron de conciliar el orden de la "civilización" con el de la naturaleza. Basaron su producción en la planificación colectiva del trabajo, eliminaron casi totalmente la esclavitud, levantaron dioses naturales, como la Madre Tierra o Pacha Mama, generosa y tierna, o como la energía creadora de todo el universo, el Pacha Cámac. Pero su sociedad tenía una élite privilegiada, sus gobernantes eran hereditarios y se aseguraban la exclusividad dinástica casándose como los faraones de Egipto, hermano con hermana. Eran por eso, con frecuencia, degenerados y enfermos, locos místicos como Pacha Kútek o Pachakuti ("El que transforma todo"), o hemofílicos como Yáwar Wájac ("El que llora sangre"). Eran, sobre todo, arrogantes, imperiales, opresores de otros pueblos a los que pretendían "civilizar" por la fuerza.

Fueron esas "grandes civilizaciones", precisamente, las que abrieron las puertas a los conquistadores que llegaban desde el otro lado del océano, a robar y matar. Los aztecas habían conseguido que todos sus vecinos se levantaran contra ellos, desesperados por la horrible opresión imperial. Hernán Cortés consiguió así una enorme cantidad de aliados indígenas, con los que pudo despedazar a los aztecas y apoderarse de su capital.

Los Incas estaban en guerra civil, y uno de los príncipes herederos, señor del Cuzco, había hecho asesinar al otro, que reinaba en Quito, para concentrar todo el imperio en sus manos. Francisco Pizarro y su partida de bandoleros tuvieron así ayuda de muchos caciques y jefes que querían luchar contra Atahualpa. Por eso fue posible que ciento cincuenta soldados de Pizarro tomaran el Cuzco, una ciudad que tenía medio millón de habitantes.

En lo que hoy es Colombia, la situación no era mejor: la "gran civilización" de los chibchas era una sociedad sacudida por terribles guerras civiles, traiciones e intrigas palaciegas. En los valles del Cauca y del Magdalena proliferaban cientos de pueblos guerreros que vivían asesinándose los unos a los otros. Algunos de ellos tenían corrales donde encerraban a los prisioneros y los engordaban como cerdos para luego comérselos bien saladitos con sal de Zipaquirá. Después de la llegada de los conquistadores se civilizaron un poquito, y agregaron los condimentos del Asia a sus recetas de cocina. Esa costumbre de comerse los unos a los otros se ha trasladado, con los siglos, de la cocina al salón de debates. Por eso en Colombia hoy no se hace debate político, sino canibalismo político.

Por todas partes, en toda la extensión del continente, los invasores europeos fueron asediados por miles de colaboradores voluntarios que les querían ayudar a destruir a los caciques, reyezuelos y emperadores nativos. A los señores hispanistas les gusta mucho hablar del heroísmo de los conquistadores, que despedazaron ejércitos, sociedades e imperios inmensamente superiores en número. Lamento mucho desengañarlos. El mérito fundamental de la conquista pertenece a los indígenas americanos. Fueron ellos los que destruyeron a sus propios opresores, sin darse cuenta de que estaban ayudando a edificar un nuevo sistema de opresión.

Vuestras mercedes me dirán que todo esto que yo digo son rebuznos. ¿Y qué querían, ladridos? ¿Maullidos? ¿Cacareos? ¿Cuándo han visto a un burro decir otra cosa distinta que rebuznos? Vuestras mercedes me dirán que los señores aztecas hicieron el calendario más exacto de la historia, y que sus obras de arquitectura son maravillosas. Yo, como burro que soy, les digo que gastarse el tiempo inventando un sistema para medir el tiempo es una tontería, porque el tiempo es para vivirlo y gozarlo mientras uno puede, y no para derrocharlo con mediciones inútiles.

Vuestras mercedes me dirán que la medicina de los Incas era superior a la de los españoles, porque los Incas hacían trepanaciones de cráneo para curar las heridas de guerra. Yo les contesto que es estúpido hacer la guerra, romperle la cabeza al prójimo y luego inventarse métodos para arreglar la cabeza rota del prójimo. Los burros no necesitamos cirujanos porque no hacemos la guerra contra otros animales y mucho menos la hacemos contra nosotros mismos.

Dirán vuestras mercedes que el palacio del Inca, en el Cuzco, es una obra admirable por el perfecto trabajo de la piedra, la exactitud de las medidas, la armonía de las formas y la funcionalidad de los espacios. Muy bien. Será admirable por todo eso. Pero no es admirable por el sistema de jerarquías y discriminaciones sociales que consagra, con sus aposentos estrechos para la servidumbre, sus recintos para las mujeres dedicadas al servicio del Inca y otras alas del palacio que tienen una estructura típica de cárcel. Las arquitecturas más maravillosas del mundo valen cero si son construidas para oprimir a los demás.

En fin, dirán vuestras mercedes que mi historia es burrocéntrica y que yo escribo desde una perspectiva que niega toda civilización humana. Por lo menos, eso es lo que me ha dicho don Carlos Vidales, quien me presta su ordenador por pura tolerancia, ya que él es fiel defensor de la libertad de rebuzno. Yo digo a don Carlos y a vuestras mercedes que sería tonto negar las civilizaciones humanas. Ellas existen, aunque no nos gusten. Y ellas han creado, junto con tantas miserias y sufrimientos, muchas cosas buenas, como por ejemplo la posibilidad de comunicarse con otros. Yo tengo la esperanza de que, en el futuro, esta comunicación haga innecesarias las guerras.

Pero hay que hacer algunas aclaraciones. Siempre que se habla con humanos hay que estar haciendo aclaraciones. En primer lugar, no digo que vuestras mercedes sean todos una partida de malvados. Digo que los seres humanos tienen la particularidad de hacer tanto lo bueno como lo malo, y que no es posible por eso, contar la historia de la humanidad como una lucha entre "los buenos" y "los malos". Mi gran amigo Nicolás Maquiavelo, con quien tuve oportunidad de discutir este punto de manera extensa y prolija, estuvo de acuerdo conmigo en la siguiente formulación: "No existe ningún ser humano que sea completamente malo, y tampoco existe ningún ser humano que sea completamente bueno". Esto vale para la conquista de América. No es que los indios fueran "buenos" y los conquistadores fueran "malos". No. Lo que hace la conquista injusta es que los indios estaban en su casa y los conquistadores eran intrusos que venían a apoderarse de lo que no les pertenecía.

En segundo lugar, y en relación directa con lo anterior, hay que decir que el hecho de que algunos pueblos fueran guerreros, masacradores y caníbales no justifica que otros vinieran a conquistarlos y masacrarlos. El hecho de que Atahualpa fuera un traidor, asesino de su propio hermano, no justifica que Pizarro lo traicionara y asesinara. Un asesinato es un asesinato, no importa cuán malvada sea la víctima.

En mi próxima nota les voy a rebuznar algo sobre los españoles que llegaron después de los conquistadores. De ellos no habla mucho la historia, tal vez porque se trataba de personas más humildes y decentes: labradores, carpinteros, barberos, artesanos, peones, mineros, cargadores, albañiles y herreros. Ellos fundaron la nueva sociedad, e iniciaron el proceso del mestizaje que habría de producir una nueva población americana. No les gustaba la guerra sino la paz y el trabajo, y por eso los historiadores no se interesan por ellos. Pero a mí sí me interesan, porque ellos eran trabajadores, colegas míos.

Tengan vuestras mercedes un día inocente y natural.


Pantxo de Vizcaya, el Orejón
(c) Carlos Vidales
Por cvidales, en: Capítulos

Publicado el 10 de Abril, 2007, 13:40
























Vida y muerte de los Conquistadores

(Donde se mencionan las altas virtudes, apacible carácter, mansedumbre cristiana y amor al prójimo que los señores Conquistadores dejaron olvidados en alguna parte, porque a América llegaron más o menos desnudos de tales atributos)

Como prometí la vez pasada, voy a contar a vuestras mercedes cómo fue que murieron los señores Conquistadores. Pero antes de hablar de sus muertes valdría la pena hablar un poco de lo que hicieron en vida, y eso se puede resumir en dos rebuznos, como sigue.

Los gloriosos Conquistadores eran, con algunas honrosas excepciones, gentuza que había fracasado en su tierra, sea por lo que fuera: falta de cerebro, mediocridad, exceso de rebeldía, mala crianza, poca educación, torpeza en el arte de la intriga, mucha vulgaridad, timidez excesiva, lengua demasiado suelta o simplemente ineptitud para el trabajo y los negocios. Los que eran inteligentes tenían casi siempre problemas temperamentales o sicológicos que los convertían en inadaptados o resentidos, y como en esa época no existían los sicoanalistas, no les quedaba más remedio que hacerse una terapia de viajes y aventuras. Los demás, la inmensa mayoría, eran por lo general mal educados, burdos, groseros, atrevidos, mentirosos, violentos, envidiosos y cabrones. Dicho sea con respeto de las señoras y señoritas.

Habían firmado contratos con el Rey, quien les había dado "licencias" o "patentes" o "títulos" de Descubridores y de Adelantados. De este modo, no exento de frescura y desvergüenza, les había otorgado el "derecho" de tomar posesión de tierras que ni siquiera se sabía si existían y la "potestad" de decidir sobre la vida y la muerte de todas los seres vivientes que encontraran en sus "empresas de descubrimiento". Yo recuerdo que en aquel período de febriles preparativos, cuando nos reuníamos en los establos, a altas horas de la noche, los burros y las mulas nos cagábamos de la risa (siempre con respeto de las señoras y señoritas) comentando los textos absurdos de estas licencias arrogantes y estúpidas:

    "Yo, el Rey (aquí seguían tres párrafos de títulos que eran un inventario de todo lo que se había robado antes), digo que Fulanito de Tal es mi Adelantado y como tal lo nombro para que en mi nombre descubra y tome posesión de todo lo que encuentre hasta doscientas leguas al sur de la isla de Santa Mengana, entre el Golfo de San Perencejo y la Península de Santa Zutaneja".

Porque eso sí: a todas las tierras que se robaban les ponían nombres de santos y de santas, con muchas misas y mucho humo de incienso para disimular el mal olor.

Así pues, cuando un aventurero desesperado por el desempleo, el analfabetismo y el hambre, o perseguido por los alguaciles que le iban a cobrar las deudas, o acosado por los clientes a quienes había engañado con sus malas artes de leguleyo, o en fin, marginado de la sociedad por culpa de sus antecedentes con la justicia, llegaba al extremo de tener que irse de su España querida, se conseguía con algún compadre una recomendación y a punta de intrigas, mentiras y lagarterías le sacaba al Rey una "licencia" de esas. Con ese papelito corría donde los señores prestamistas o "banqueros" y se conseguía un préstamo de cinco mil o diez mil ducados para armar la expedición (porque el Rey podía ser hinchado como un pavo, pero no era imbécil: él ponía solamente la autorización, pero la plata la tenía que poner el socio capitalista).

Una vez conseguido el dinero, a altas tasas de interés (los banqueros eran por lo general alemanes, pero cobraban intereses como si fueran suecos), el glorioso Adelantado reclutaba una partida de facinerosos dispuestos a cualquier cosa con tal de trepar un poquito en la escala social. A este grupo de asaltantes de horca y cuchillo se agregaba un escribano (casi siempre un tipo engreído, codicioso y mezquino cuyo único mérito era saber leer y escribir), uno o dos frailes piadosos encargados de evangelizar por las buenas o por las malas a todos los nativos a quienes se iba a despojar de sus bienes, y una tripulación valiente y experta que fuera capaz de llevar a esta pandilla al otro lado de los mares ignotos e insondables, luchando con fieras marinas descomunales, dragones horripilantes y tormentas apocalípticas, por las regiones tenebrosas del miedo y la incertidumbre. Los que sobrevivían a todos esos peligros, a las pestes y los naufragios, a los huracanes y al Triángulo de las Bermudas, y lograban arribar a alguna isla remota del Nuevo Mundo, entraban al mundo espeluznante de sus propios odios homicidas, envidias corrosivas, codicias insaciables, apetitos desmedidos, rencores amargos y furias desatadas por la oportunidad del saqueo que los había de convertir en "señores".

A veces el grupo de salteadores tenía suerte y se les colaba un sujeto de buena calaña que lograba dejar testimonio de la Conquista con una obra literaria de valor, como fue el caso de Don Alonso de Ercilla y su maravilloso poema La Araucana; o un santo varón, que resultaba defensor de los Derechos Humanos, como lo fueron el Padre Montecinos y nuestro gran amigo Fray Bartolomé de las Casas, cuya santidad se certifica por el hecho de que el Vaticano se ha negado a beatificarlo.

Una vez armada la empresa, había que llegar a las tierras desconocidas, "descubrirlas", saquearlas, reunir el dinero para pagar el préstamo (porque los banqueros eran alemanes, pero cobraban con tanta puntualidad como si fueran suecos), y repartir las ganancias.

Por eso, lo primero que hacían los señores Conquistadores cuando se encontraban con un cacique indígena, era secuestrarlo y exigirle un rescate en oro. Por supuesto, ellos decían que esto no era un secuestro sino "una retención", y al indio le decían que estaba "retenido" y que por favor no fuera a pensar que estaba secuestrado. Este cambio mágico de palabras lograban hacerlo gracias a la ayuda de abogadillos inmorales, leguleyos de mala clase y tinterillos de poca monta, que en su país se habrían muerto de hambre si hubieran tenido que ejercer la profesión de la Ley. Fue así como se originó la tradición de secuestrar gente a diestra y siniestra y la costumbre de llamar "retenciones" a los secuestros que hace uno, y "secuestros criminales" a los secuestros que hacen los demás. Y la regla de oro de esta nueva concepción del Derecho de Gentes, según se aplica hoy en un país de bárbaros de cuyo nombre no quiero acordarme, puede expresarse así: "hazle una retención a tu prójimo, antes de que él te haga un secuestro".

Una vez que el "retenido" pagaba el rescate lo asesinaban, porque les parecía mucho trabajo y excesivo gasto dejarlo libre y consideraban que no era ningún pecado faltar a la palabra empeñada con un rey indígena. Aquí también recurrían a los servicios del tinterillo oficial de la expedición, que con muchos artículos, párrafos, latinajos, parágrafos, acápites, ítems, capítulos y cánones declaraba solemnemente que el indio retenido era "enemigo de Dios y del pueblo" y que por tanto era justo mocharle la cabeza. De aquí nació la tradición de justificar cualquier asesinato con el argumento de que el muerto era malvado. A los señores indígenas se les acusaba de ser "idólatras, homosexuales, caníbales y drogadictos" y con esto quedaba santificado quemarlos estrangularlos, robarles su mujeres, descuartizarles los hijos y despojarlos de sus tierras y de sus haberes.

Probablemente la "retención" más famosa fue la que Francisco Pizarro, un criminal analfabeto, le armó al Inca Atahualpa. Primero hizo que los súbditos de Atahualpa llenaran una gran habitación con objetos de oro de valor incalculable, bajo la promesa de que una vez pagado el rescate el emperador "retenido" sería puesto en libertad. Una vez que tuvo el tesoro en sus manos, Pizarro armó un proceso para juzgar a Atahualpa por el delito de herejía y crímenes contra Dios, y lo hizo estrangular con un aro de hierro. Este suplicio se llama tradicionalmente "pena de garrote", y fue usado en España hasta hace muy poco tiempo. Por ejemplo Francisco Franco, "Caudillo de España por la Gracia de Dios", lo aplicó muy pocos días antes de irse al infierno, contra anarquistas y comunistas.

En México fue "retenido" Cuauhtémoc, soberano de los aztecas. Lo amarraron como si fuera un tamal y le pusieron los pies a asar en una parrilla para que dijera dónde estaba el oro que buscaban. Al mismo tiempo pusieron al fuego a varios servidores de Cuauhtémoc. Uno de ellos no pudo aguantar el dolor y comenzó a quejarse. El rey azteca lo miró con desprecio y le dijo: "Mi lecho no es de rosas", con lo cual el que se quejaba se calló, avergonzado. Algunos historiadores hispanistas invocan estas palabras, naturalmente, para probar que los soldados de Hernán Cortés no tocaron a los indios ni con el pétalo de una rosa. Dicen, además, que Hernán Cortés era un hombre letrado, culto, inteligentísimo. Yo digo a vuestras mercedes que tres siglos y medio después de haber conocido a Cortés tuve el honor de llevar en mi lomo a un hombre pequeñito, de enormes ojos claros, que luchaba por la independencia de su patria. Se llamaba José Martí y su palabra ardiente todavía me zumba en las orejas y me trae consuelo al corazón. Yo le oí decir: "La inteligencia sin virtud no es más que azote y crimen". Y esa frase lapidaria, creo yo, pone en su sitio para siempre a los conquistadores inteligentes como Cortés y a los leguleyos infames que inventaron la argumentación jurídica de la Conquista.

Las "retenciones" eran cosa de todos los días. A un cacique le "retuvieron" su hija y lo obligaron a entregarla en matrimonio a un Conquistador, con lo cual éste quedó dueño de todo el oro de la tribu y se apoderó de los pobres indígenas, que sucumbieron como esclavos, bajo el látigo feroz del nuevo amo. A otro le "retuvieron" su hijo y le obligaron a firmar una alianza militar para poder aniquilar a una tribu guerrera que no se quería dejar robar. En el Darién "retuvieron" a una viejita del pueblo Tule (cunas) y le dieron palo hasta que confesó dónde estaba el cementerio con las tumbas de los antepasados, que luego profanaron y destruyeron para quedarse con el oro. Así se fueron haciendo ricos, y en la misma proporción en que llenaban de oro la bolsa, iban llenando el alma de infamias y crímenes.

Más aún: a la hora de repartir las ganancias era muy útil reducir el número de socios, para que le tocara más a cada accionista. Esto se lograba con ayuda de intrigas, mentiras, rumores, calumnias, acusaciones falsas, procesos fraguados y felonías de toda laya. Si estos métodos pacíficos fallaban se recurría a cuchillos, espadas, pistolas, puñales, venenos, emboscadas, asaltos nocturnos, confesiones obtenidas mediante tortura, "retenciones" y otras técnicas apropiadas. Toda esa parafernalia de muerte ha recibido el nombre de "la caja de herramientas del Conquistador". Todavía hoy se emplea, y algunos doctores que conozco han agregado a este instrumental el teléfono y el fax.

En resumen: los gloriosos paladines de la civilización se asesinaron los unos a los otros, con pocas excepciones. El Padre Zamora, que fue testigo de estas aberraciones como lo fui yo, resume de esta manera el resultado de estas luchas:

    "Funestas y ejemplares fueron las muertes que tuvieron los más Conquistadores de esta América. Blasco Núñez de Balboa que descubrió el Mar del Sur, murió degollado por sentencia de Pedro Arias de Ávila, su Suegro. El Marqués D. Francisco Pizarro, y Diego de Almagro, con muertes violentas; éste con garrote en una cárcel; y aquél a puñaladas, en su casa. Hernando Pizarro, después de haber mandado ahorcar y degollar a muchos de sus compañeros, le cortaron la cabeza, por su rebelión. Su Maestre de Campo, Caravajal, cruelísimo y sangriento tirano, quien quitó afrentosamente las vidas a muchos de los primeros Conquistadores, número que llegó al de 340, murió en la horca."

Aquí debo anotar que los hermanos Pizarro se hicieron una guerra traicionera los unos a los otros y contrataron sicarios para asesinarse entre sí.

    "Francisco Hernández Girón, que aconsejó a Don Sebastián de Belalcázar que degollara al Mariscal Jorge Robledo, habiendo logrado su parecer, tuvo la misma muerte, con pregón afrentoso. Belalcázar, que pasaba a España, sentenciado a muerte, la tuvo de pesadumbre en Cartagena. Rodrigo Bastidas murió de las puñaladas que le dieron sus soldados; que pagaron en la horca éste, y otros delitos. García de Lerma murió sin confesión, estando rodeado de Sacerdotes. A Ambrosio Alfinger mataron a flechazos los indios Chitareros."

Y eso fue de suerte, porque los propios compinches de Alfinger ya estaban a punto de coserlo a puñaladas cuando llegaron las flechas de los chitareros y lo salvaron de esta traición.

    "Nicolás de Federmán murió ahogado, y la misma muerte tuvo Don Pedro de Heredia. A los dos hermanos Quesadas mató un rayo, estando jugando a los naipes;"

Sí señor: iban encadenados, con grilletes en los pies, en un barco que los llevaba a España, donde los iban a decapitar por asesinos y ladrones. Pero cerca de las costas de Santa Marta, ¡suáz! vino un rayo y les chamuscó el esqueleto.

    "y en otro juego de cañas, cayó muerto de un cañazo el Capitán Gonzalo García Zorro."

Los "juegos de cañas" eran los torneos de los Conquistadores. Como querían copiar a los caballeros feudales, hacían torneos al estilo medieval. Pero como no tenían lanzas apropiadas, usaban cañas de guadua los más principales y simples cañas de maíz los más pobres. Pero eran tan bestias, que en cada torneo resultaban tres o cuatro muertos.

    "Alvaro de Hoyón murió en la horca en Popayán"

porque había traicionado y asesinado a su propio jefe, el capitán Sebastián Quintero. Junto con el traidor fueron decapitados quince o veinte de sus amigotes, todos muy facinerosos.

    "…y Pedro de Añasco, atravesada una soga en las quijadas, con que lo llevaba arrastrando de pueblo en pueblo la Cacica de Timaná".

Como vuestras mercedes recordarán, el tal Pedro de Añasco había asesinado al papá, al marido y a los hermanos de la Señora Cacica, y por eso ella se volvió una fiera sedienta de venganza.

    "Sólo el famoso Hernán Cortés y nuestro Adelantado Don Gonzalo Jiménez de Quesada murieron en cama con los Sacramentos; aunque señalado Quesada, con la muerte de lepra, que se ha visto raras veces en estas tierras".

Y con esto queda resumida al historia de estos ladrones. Eran cientos y cientos, y se pueden contar con las herraduras de mis cascos lo que murieron de muerte natural. Que Don Satanás los tenga en su Parrilla Eterna. Amén.

La próxima vez les voy a contar cómo eran y qué hacían los Señores Indígenas y sus distinguidas esposas y amados hijitos. Entretanto, reciban vuestras mercedes mis mejores rebuznos de amistad y consideración.

Pantxo de Vizcaya, el Orejón
(c) Carlos Vidales

Por cvidales, en: Capítulos

Publicado el 31 de Marzo, 2007, 14:22

Los señores caballos de los conquistadores

(Donde se trata de los méritos y servicios prestados por los burros, los piojos, las pulgas, los microbios y otros héroes similares en la Conquista de América)














En primer lugar quiero dar las gracias a Don Carlos Vidales, quien me ha prestado su ordenador para que yo pueda comunicarme con vuestras mercedes. Don Carlos dice que nosotros los burros somos los sujetos más honrados del mundo, porque no vivimos del trabajo ajeno y nunca rebuznamos los unos contra los otros, como hacen algunos humanos.

En segundo lugar, debo presentarme. Me llamo Pantxo y soy un burro de Vizcaya. Los que no entiendan el euzkera me pueden llamar Pancho. Y no me tergiversen: no estoy diciendo que todos los que nacieron en Vizcaya son burros, porque allí también han nacido perros, gallinas, cucarachas y gente; y tampoco estoy diciendo que todos los burros son vizcaínos, porque en todas partes nacen burros. Incluso hay lugares, como Santafé de Bogotá, donde se nos tiene tanta estimación y respeto, que a cualquier burro le dicen "doctor".

Ahora bien. La razón por la cual escribo estas Memorias, es que ha caído en mis cascos un poema de Don José Santos Chocano, en homenaje a mis primos, los caballos de los conquistadores. Y este poema contiene algunas inexactitudes que me veo obligado a refutar y corregir, en honor de la verdad y la justicia. Veamos:

    ¡Los caballos eran fuertes!
    ¡Los caballos eran ágiles!
    Sus pescuezos eran finos y sus ancas
    relucientes y sus cascos musicales…

Con perdón de vuestras mercedes digo que eso de los "cascos musicales" suena un poco ridículo: la Conquista no fue una fiesta, y los señores caballos que trabajaron en ese negocio no fueron contratados para bailar flamenco. La única bailaora de todas esas bestias fue la yegua predilecta del conquistador Don Diego de Nicuesa, hombre noble, de genio alegre y festivo, muy amigo de la guitarra, de las baladas y de los romances. Don Diego había amaestrado a su yegua para que bailara al son de la viola y ella lo hacía con mucha gracia, no lo voy a negar. Pero eso fue un caso excepcional. Los otros pobres rocines arrastraban las patas, cansados, derrengados, muertos de hambre, flacuchentos, y cuando la cosa se ponía crítica, entonces los señores conquistadores desenvainaban la tizona, la afilaban en alguna piedra, cercenaban los pescuezos finos y las ancas relucientes, trozaban los cuerpos, ponían los trozos en algún asador improvisado y se comían a los épicos caballos andaluces. Yo recuerdo que durante la conquista de Santa Marta, el hambre fue tan grande que un soldado raso se robó un caballo del capitán Gómez del Corral y se fugó con la bestia muerta y medio destrozada y parece que se fue a vivir al monte, en el fondo de alguna caverna oscura, porque nunca más volvimos a verlo.

A mí no me comieron, porque ellos tenían un refrán que decía: "Perro no come perro y conquistador no come burro". Pero no siempre cumplían con este santo precepto: recordemos que un fraile goloso cometió la monstruosa bestialidad de comerse a un tío mío, conocido como el Primer Burro de la Conquista, el más veterano de todos nosotros, un asno heroico que había acompañado a Hernán Pérez de Quesada en la penosa búsqueda de El Dorado. Así lo cuenta en sus Elegías Don Juan de Castellanos, testigo de este crimen horrendo:

    Lleváronlo también a la jornada
    llamada por antiguos del Dorado,
    que hizo Fernán Pérez de Quesada
    de do volvió después desbaratado;
    y el padre fray Vicente Resquejada,
    en tiempo que fue pasto regalado,
    el cuero le quitó de las costillas
    y convirtió sus tripas en morcillas.

Pero volvamos a Don José Santos Chocano, cuya visión romántica de la Conquista es verdaderamente conmovedora:

    ¡No! No han sido los guerreros solamente
    de corazas y penachos y tizonas y estandartes,
    los que hicieron la conquista de las selvas y los Andes:
    los caballos andaluces, cuyos nervios
    tienen chispa de la raza voladora de los árabes
    estamparon sus gloriosas herraduras
    en los secos pedregales,
    en los húmedos pantanos,
    en los ríos resonantes,
    en las nieves silenciosas,
    en las pampas, en las sierras, en los bosques y en los valles.

Muy bonito. O sea que la Conquista la hicieron los guerreros y los caballos, y nadie más. ¿Y los burros? ¿No les cargamos nosotros, partida de desgraciados, sus arcabuces y sus espadas y sus tesoros robados a los indios y sus muertos y sus víveres y sus chécheres y sus concubinas y sus armaduras y sus trofeos infames? ¿No tiramos de los carros y de las carretas y de los cañones y de los grandes ídolos de piedra y de oro? ¿No nos hundimos hasta las orejas en el lodo y la sangre de las masacres, ayudando a rescatar con vida a un asesino analfabeto, a un licenciado en leyes, a un fraile sibarita o a un santo varón, que lo mismo daba que fuera ángel o demonio, siempre que fuera "de los nuestros"? ¡Ahora resulta que la Conquista fue un asunto de caballos y caballeros solamente! ¡Ahora resulta que las chivas y las cabras y los cerdos y las moscas y pulgas y piojos que nos acompañaron sufriendo mil penalidades a través del océano no hicieron nada! ¡Y los microbios de la peste y de la viruela y de la influenza y del cólera no hicieron nada! ¡Y los perros de presa que despedazaban indios por millares en las batallas iniciales de la Conquista no hicieron nada! ¡Y los ratones y ratas que invadieron el Nuevo Mundo, merodeando y transportando sus pestes hasta las provincias más remotas, no hicieron nada! ¡Y el alcohol y la codicia y la crueldad y la corrupción, los Cuatro Jinetes del Apocalipsis, la Vanguardia de Todas las Conquistas, las Cuatro Glorias de Todos los Imperios, no hicieron nada!

Y mis primas, las mulas, orgullosas y retrecheras, ¿no hicieron nada? Y las señoras gallinas, abnegadas y sufridas, que ponían los huevos para la marcha penosa por bosques y montañas, ¿no hicieron nada? Y los Padres Predicadores y los misioneros y los verdugos y los cronistas y los estafadores que cambiaban barras de oro por bolitas de vidrio, ¿no hicieron nada? Pues no, señor, nada: solamente hubo caballeros gloriosos y caballos bailarines, con "cascos musicales".

Ya sé: dirán vuestras mercedes que no es posible hacer poesía con burros y piojos y gallinas y moscas. Dirán que un caballero iluminado por la gloria es poético, pero un cuidador de cerdos analfabeto en trance de violar a una india es muy prosaico. Dirán que es poético un caballo andaluz con un tipo cubierto de latas sentado en su lomo, pero que es muy prosaico un burro cargando un baúl lleno de Biblias, instrumentos de tortura y balas de arcabuz. Dirán que la rosa es poética, y que la yuca es prosaica. Pues si piensan así, será que no habrán leído "La Araucana" de Don Alonso de Ercilla, o las "Odas Elementales" del Camarada Pablo Neruda. Y para no ir más lejos, oigan vuestras mercedes cómo describe Don Juan de Castellanos, uno de los grandes poetas de la Conquista, en sus Elegías, la decisiva participación de un hijo mío en una emboscada que el capitán Bartolomé Camacho les armó a los taironas, en 1536:

    Estando pues los nuestros abscondidos
    al punto y hora que salir querían,
    un asno daba grandes rebuznidos
    que los indios allí arriba temían;
    espantáronse todos los oídos
    de aquellos que la voz reconocían:
    y es porque allí después ni antes
    nunca nacieron bestias semejantes.

Aterrorizados por los rebuznos de mi hijo, los taironas sufrieron una derrota completa, y Don Juan de Castellanos pudo escribir su poema. Aprendan pues, vuestras mercedes, que para los grandes poetas nada es prosaico, precisamente porque los sucesos más maravillosos del mundo ocurren siempre de una manera prosaica. Y no rebuznemos más sobre este punto.

Hablemos ahora de las "gloriosas herraduras" que los caballos "estamparon" por todas partes, como dice con tanta gracia Don José Santos Chocano. Pues han de saber vuestras mercedes que la codicia y la miseria se juntaban, y no había hierro para hacer herraduras y calzar decentemente a las bestias, porque a los señores conquistadores sólo les interesaba el oro. El mismo Castellanos cuenta (Elegías, Canto IX), a propósito de la batalla librada el 20 de enero de 1540 entre las fuerzas ibéricas del capitán Martín Galeano y los valientes guanes comandados por el cacique Charalá, que la caballería llegó muy retardada al combate, y a casco pelado, pues las bestias habían perdido sus zapatos:

    que, por falta de hierro, las herraban
    con herraduras hechas de oro bajo…

Cualquier burro con dos cuartas de frente sabe que el oro es demasiado blando para hacer herraduras. Pero era lo único que había disponible en aquel tiempo de miserias.

Continuemos con Don José Santos Chocano:

    Un caballo fue el primero
    en los tórridos manglares
    cuando el grupo de Balboa caminaba
    despertando las dormidas soledades,
    que, de pronto, dio el aviso
    del Pacífico Oceano, porque ráfagas de aire
    al olfato le trajeron
    las salinas humedades…

¡No es cierto! El caballo de Balboa ya no daba más del agotamiento. Pero una yegua joven, que iba cargando unas espadas y unas lanzas, dio un relincho que nos asustó a todos y las orejas se le pusieron grandes como hojas de plátano. Tenía los ojazos desorbitados y la crin erizada, y cuando miramos en la dirección en que ella apuntaba con el belfo húmedo, vimos desde la altura en que nos encontrábamos, a través del follaje tupido, la más grande cantidad de agua azul que ojos algunos hayan visto en este planeta y quedamos lelos y estupefactos como lengua mortal decir no pudo. Fue ella y solamente ella, la yegua Rosita, la descubridora del Océano Pacífico. Y aprovecho aquí para contar, de paso, que con esa yegua encantadora tuve yo un entrevero delicioso, una noche mágica de 1514. Lo recuerdo muy bien porque esa noche, sin luz de luna en las hojas, los árboles habían crecido, y un horizonte de perros ladraba muy lejos del río. Como vuestras mercedes podrán imaginar,

aquella noche corrí
el mejor de los caminos,
montado en potra de nácar
sin bridas y sin estribos.
No quiero decir, por burro,
lo que en la oreja me dijo:
mi discreción de jumento
me hace ser muy comedido.
Me porté como quien soy:
como burro vizcaíno.
La regalé una montura
grande, de estilo morisco,
y no quise enamorarme
porque teniendo rocino,
me dijo que era potrilla
cuando la llevaba al río.

Muchas décadas más tarde mi buen amigo Federico, poeta andaluz, se inspiró en esta aventura mía para inmortalizar sus yuntamientos con una casada infiel. Cosas veredes, Sancho.

Pero hay todavía más, si cabe. Dice el poeta Santos Chocano:

    …y el caballo de Quesada, que en la cumbre
    se detuvo, viendo al fondo de los valles
    el fuetazo de un torrente
    como el gesto de una cólera salvaje,
    saludó con relincho
    la sabana interminable,
    y bajó con fácil trote
    los peldaños de los Andes,
    cual por unas milenarias escaleras
    que crujían bajo el golpe de sus cascos musicales…

Nada de eso, señores. Lo que pasó fue que el caballo de Quesada se asustó tanto al ver el Salto del Tequendama, que cayó sentado de culo encima de lo que otros caballos y burros habíamos producido después del desayuno, y resbalando, resbalando,

    sacudió con sus relinchos la sabana interminable,
    y rodó con mil rebotes
    por los cerros de los Andes,
    cual por unas milenarias escaleras
    que crujían bajo el peso de sus nalgas imperiales.

No paró del resbalón hasta llegar a Honda, donde el Adelantado Don Gonzalo Jiménez de Quesada, enfermo de pesadumbre y de lepra, se bajó del caballo en ruinas y esperó pacientemente la muerte, que le llegó cuando tenía apenas ochenta años de edad. Suerte tuvo, porque casi todos los demás conquistadores murieron de mala muerte, traicionados, apuñalados, ahorcados, descuartizados, envenenados, macheteados por sus propios compañeros, como es costumbre entre conquistadores. Pero esa es otra historia, que otro día les contaré. Y basta por hoy, porque los burros viejos no somos bichos de rebuzno largo.



Pantxo de Vizcaya, el Orejón
(c) Carlos Vidales 
Por cvidales, en: Capítulos